La lucha peliaguda por la supremacía en un escenario global desregulado

La llegada de Donald Trump al poder en Estados Unidos marcó un punto de inflexión en la política global. Los líderes mundiales, incluyendo a Rusia y China, se vieron forzados a adaptarse a una nueva realidad en la que la unilateralidad y la seguridad nacional parecían estar por encima de los valores morales y la …

La lucha peliaguda por la supremacía en un escenario global desregulado

La llegada de Donald Trump al poder en Estados Unidos marcó un punto de inflexión en la política global. Los líderes mundiales, incluyendo a Rusia y China, se vieron forzados a adaptarse a una nueva realidad en la que la unilateralidad y la seguridad nacional parecían estar por encima de los valores morales y la legalidad.

En este escenario, el mundo se convirtió en un tablero de ajedrez en el que las potencias mundiales empezaron a mover piezas con total impunidad. Los conflictos en Ucrania, Gaza o Sudán no dejaron de existir, pero parecieron perder importancia en el juego global. El comercio, los aranceles y la explotación de los recursos naturales se convirtieron en una nueva forma de hacer política, en la que las reglas del juego eran establecidas unilateralmente.

La interpretación de las libertades y los derechos humanos también sufrió un cambio drástico. La noción de “seguridad nacional” se convirtió en el nuevo estándar para justificar medidas políticas que, hasta hace poco tiempo, serían consideradas inaceptables. La aplicación del derecho internacional comenzó a cuestionarse, y la idea de que la ley es igual para todos empezó a erosionarse.

En este contexto, la noción de “justicia” se convirtió en un concepto flexible, susceptible de ser reinterpretada según las necesidades políticas de cada momento. La justicia no era más que una herramienta política para obtener el apoyo popular y consolidar el poder. La verdad comenzó a tener un precio, y la información empezó a ser manipulada para servir a los intereses de los que detentan el poder.

La falta de coordinación y cooperación entre las potencias mundiales se convirtió en un problema grave. La diplomacia tradicional parecía haber sido abandonada, y la comunicación se redujo a amenazas y desafíos directos. La confianza internacional se desmoronó, y el miedo y la incertidumbre se convirtieron en la norma.

En este clima de inestabilidad política y emocional, la sociedad civil comenzó a sentirse cada vez más marginada y excluida del proceso político. La voz de los líderes religiosos, intelectuales y sociales fue silenciada o ridiculizada, y la participación ciudadana en el proceso político se redujo a una suave protesta.

La consecuencia inmediata fue un aumento significativo en la desconfianza y el temor. La percepción de que el mundo estaba en peligro y que era necesario tomar medidas drásticas para protegerse empezó a prevalecer. La xenofobia, el antisemitismo y la discriminación se volvieron más comunes, y la intolerancia hacia aquellos que no compartían los valores políticos dominantes se convirtió en una nueva forma de hacer política.

En este contexto, la pregunta es: ¿hacia dónde vamos? ¿Podremos encontrar un camino hacia la estabilidad y la cooperación internacional? O nos veremos atrapados en un laberinto de confusiones y desafíos que no tienen fin. Solo el tiempo lo dirá.