En una región ya de por sí marcada por la violencia y el abandono, los habitantes de Rancho Juárez, en el municipio de Mazatlán, enfrentan una situación crítica que amenaza su seguridad y su entorno natural. Desde hace semanas, los pobladores denuncian vivir bajo un virtual estado de sitio, con disparos constantes que resuenan en …
Oaxaca en crisis: balaceras y violencia dejan un herido en comunidades triquis

En una región ya de por sí marcada por la violencia y el abandono, los habitantes de Rancho Juárez, en el municipio de Mazatlán, enfrentan una situación crítica que amenaza su seguridad y su entorno natural. Desde hace semanas, los pobladores denuncian vivir bajo un virtual estado de sitio, con disparos constantes que resuenan en las calles y mantienen a las familias en vilo. “Las balas no paran, vienen de todas direcciones”, relató uno de los residentes, cuya voz refleja el miedo y la desesperación que se han instalado en la comunidad. La violencia, sin embargo, no es el único peligro que acecha a esta zona: un incendio forestal, declarado desde el pasado 3 de marzo, sigue fuera de control en las cercanías de San Juan Copala y Cieneguilla, devorando hectáreas de bosque de pino sin que hasta ahora se haya recibido apoyo de brigadistas para sofocarlo.
El fuego, que ya cumple más de dos semanas activo, ha avanzado sin freno ante la ausencia de personal capacitado para combatirlo. Las llamas, alimentadas por la sequía y los fuertes vientos, han puesto en riesgo no solo la flora y fauna de la región, sino también a las comunidades aledañas, donde el humo denso dificulta la respiración y oscurece el cielo. Los habitantes, muchos de ellos dedicados a la agricultura y la ganadería, ven cómo su principal fuente de sustento se esfuma entre el fuego, mientras las autoridades parecen incapaces de responder con la urgencia que la situación demanda.
Pero el drama no termina ahí. En las últimas semanas, la zona triqui ha sido escenario de al menos dos incendios forestales más, que han arrasado con áreas boscosas en la Sabana Copala, Cruz Chiquita, Río Metate y Llano Nopal. Estos siniestros, sumados al que persiste en San Juan Copala, pintan un panorama desolador para una región que ya sufre las consecuencias de la marginación y la falta de recursos. Los pobladores, acostumbrados a lidiar con la indiferencia institucional, se preguntan cuánto más tendrán que esperar para que alguien, en algún nivel de gobierno, tome cartas en el asunto.
La combinación de violencia armada e incendios forestales ha creado un círculo vicioso del que es difícil escapar. Mientras los disparos mantienen a la población en alerta máxima, el fuego avanza sin control, destruyendo ecosistemas que tardarán décadas en recuperarse. Las comunidades, abandonadas a su suerte, exigen no solo seguridad, sino también acciones concretas para proteger su territorio y su forma de vida. Hasta ahora, sin embargo, las respuestas brillan por su ausencia, dejando en evidencia la fragilidad de una zona que, una vez más, parece condenada al olvido.





